• Lo Bueno, lo Nuevo y lo Nuestro.   Raúl Speroni

Lo Bueno, lo Nuevo y lo Nuestro. Raúl Speroni

Columna de opinión

Raúl Speroni

santiago_foco (1)Hace cuatro años en una reunión los más nuevos propusimos descartar una alianza con un caudillo local, nos decían: “trae votos”, “con él ganamos”. Nosotros deciamos “los votos no lo valen”, “¿en qué nos vamos a convertir?”; un Cascarudo, después de esos silencios a los que nos tienen acostumbrados preguntó: “¿ustedes se hacen cargo si no llegamos a las mayorías en octubre?” y saz! el recule del siglo.

Empezaba a asomar el ganar a toda costa, el terror a la derrota electoral, el apocalipsis, etc. No había ni tiempo ni espacio para mirarse al espejo, y analizar en qué nos íbamos transformando, que éramos y que proyectábamos. Era muy difícil discutir una postura así.

Discusiones similares vinieron después, eran distintas porque ponían menos en juego, ya no arriesgaríamos octubre ni siquiera junio, pero eran iguales en el sentido que planteaban: “nuestras mayores construcciones son consecuencia de los fracasos, nuestras victorias hijas de las derrotas” y entonces parecía obvio: “perdamos ésta pero mandemos un mensaje”, “si lo más importante no es la supremacía, perdamos por hoy, agarrados de la bandera”. Pero no.

Mi última discusión de ese tipo se llamó Constanza (esta vez sin recule), en realidad le pusieron ese nombre, porque originalmente se llamaba: “queremos otra cosa, necesitamos otra cosa, no tiene que ser perfecto, ni siquiera tiene que ganar, es que lo de ayer, ya no alcanza”, le quedó Constanza, porque simplificar siempre es más fácil. Y por suerte, porque encaró.

Los argumentos en contra de “otra cosa” y en particular de Constanza fueron tan variados como sorprendentes. La mitad de ellos sorprendieron por rastreros (estilo natural que viene de la mano de la mediocridad cuando la política no alcanza, o cuando algunos no alcanzan a la política), el resto sorprendieron porque si bien eran ciertos, los usaban como si fueran negativos: desconocida, intelectual, frontal, tenaz. En el fondo hubo lo de siempre: miedo (del genuino, del honesto y bienintencionado pero conservador) y un pizca de amor al sillón (que nunca falta).

Y así pasaron meses, pasamos varios de nosotros, y pasaron las internas.

La gente que fue a votar (que es poca gente, y sin dudas no es la gente) quería otra cosa. Y la gente que fue a votar importa porque dentro de ese grupo están los que tienen influencia y ascendencia sobre el resto que no fue, y eso importa porque nuestros octubres siempre los logramos con gente en la calle.

Y se vuelve a simplificar: que quién tuvo más plata, que si las internas no son obligatorias, que quién tiene más poder, si lo nuevo es bueno y la mejor: que quién es el Vice.

Es claro que el panorama de junio no se puede trasladar a octubre y pensar que la correlación de fuerzas está definida, lo que sí se puede asegurar es que en el pasado algunos llevaron más gente a votar, y esta vez quisieron y no pudieron. Y otros, persiguiendo un sueño, con todo en contra y quizá por eso, hicieron un campañón (abrazo para ellos, los “políticamente felices”). Los primeros harán autocríticas y/o buscarán muertos en el ropero ajeno y los segundos construirán espacios políticos intentando no caer en los vicios de los cuales están escapando. De la suerte de todos ellos, dependerá la suerte de todos TODOS.

Lo nuevo no es bueno por ser nuevo, lo nuevo tiene tantas chances de ser bueno como las tiene de ser malo, aunque sí es cierto que lo malo casi no tiene chance de ser bueno y lo bueno y viejo tiene pocas de ser mejor. Así que parece que la clave está en no ponerle tantas fichas a los jugadores sino al proceso (gracias Maestro Tabárez) y aprender que lejos de totemizar a la figurita del momento tenemos que animarnos a llenar todo el álbum y una vez lleno seguir con uno nuevo, y llenarlo de nuevo (perdón, es el Mundial). De yapa viene que, los tótems sin una corte de mamaderas, andan mejor.

O sea que está todo por verse, pero por repetición salta a la vista algo fantástico, otra vez unos pocos cientos a fuerza de sana conspiración y denodado esfuerzo irrumpen en la escena de la dirigencia frenteamplista y arruinan o trastocan los planes largamente gestados en despachos ejecutivos y legislativos (de nuevo, bienintencionados, de nuevo conservadores), y dejan a varios patas arriba, nada mal, la gimnasia es buena.

La pregunta que me desvela es si hemos aprendido algo, si acaso somos más sabios que ayer. Me pregunto si alguien se cuestiona porqué por no mover mucho el avispero para intentar ganar siempre, seguimos arañando el 50%, habiendo hecho tanto bien. Me pregunto dónde se meten los que estando tan seguros de sí mismos golpean su pecho y a otros, cuando se los demuestra equivocados. Me pregunto si ésta vez sí habrá tiempo de mirarse al espejo y analizar qué somos, que proyectamos. Sobre el 2019 también me pregunto.

Si me leyeran aquellos Cascarudos me retarían: ¡te olvidaste de la ideología y de la lucha de clases! Bueno trato de no olvidarme, ciertamente se complica en año electoral, trato de recordar lo que me enseñaron: que a la vuelta de la esquina hay un cuesta arriba y después otra esquina, todo es construcción, solos no somos nada, la lucha de ideas, y también la de poder están siempre, y las dos son más sanas por arriba de la mesa que por abajo, los colectivos y las ideas son lo más importante, las sectas no son colectivos, los fulano-ismos no son ideas. Lo electoral es secundario, pero como ayuda.

Y también pienso en lo que no me enseñaron pero aprendí o me enseñaron otros mientras aprendíamos: que los discursos finalistas son un verso -los religiosos y los políticos-, que las perspectivas de cada cual se desprenden de nuestras circunstancias, pero se van acortando con los años y por eso si no es entre muchos no es. Que todos podemos llegar a ser conservadores, que todos somos el cascarudo de alguien más, que está bueno tener razón pero más lindo es estar equivocado y de esa manera aprender de otro, confiar. Que hacer la diferencia cuesta un huevo pero a veces se logra. Que se cumple la ley de hierro y cuanto más grande el partido, más poder tienen sus dirigentes y menos los dirigidos y que hacemos poco y nada para revertir sus efectos. Y que, en fin, todo lo anterior podría no ser tan así.

Raúl

Créditos de Arte:  Santiago Márquez